| Proyecto de Actualización en Gastroenterología de la SEPD | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
Julio 1999 |
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| ESÓFAGO DE BARRETT
José Ferrando
Cucarella. Hospital Clínico Universitario. |
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Sumario del Tema
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La esofagitis por reflujo, que se produce cuando fallan los conocidos mecanismos que existen en la unión gastroesofágica para impedirlo, puede ocasionar, cuando ha actuado tiempo suficiente, complicaciones o secuelas crónicas, que persisten aún después de solucionar el reflujo que las ha producido y que, por ser generalmente irreversibles y, en algún caso como sucede con el esófago de Barrett, lesiones consideradas como precancerosas o de mayor riesgo de cáncer, necesitan una atención especial. Debido a esta circunstancia, no es extraño, que en los últimos años haya aumentado considerablemente el interés por esta especial patología, como lo prueba la gran cantidad de artículos publicados y que, incluso, se celebren congresos específicos sobre este problema, del cual intentaremos aclarar en este trabajo. algunos de los puntos oscuros o, al menos controvertidos, que existen. A pesar de que son muchos los datos que sugieren que el epitelio de Barrett se debe al reflujo hacia el esófago de jugo gástrico ácido o de contenido intestinal rico en bilis, aún persiste la discusión sobre si su origen es congénito o adquirido.
Otro problema distinto es porqué el epitelio columnar propio del esófago de Barrett, se desarrolla en algunos pacientes con reflujo gastroesofágico y no así en otros que lo presentan igualmente. Probablemente existe cierta predisposición genética para que esto ocurra (19,20), o bien no sólo es el reflujo el único factor etiológico (21) con ser el más importante, sino que existen otros que pueden explicar estas diferencias, como son la edad de comienzo de los síntomas o su duración, la existencia de complicaciones de la enfermedad por reflujo, etc. (22). No se ha comprobado que la existencia de cirugía previa sobre el estómago, fundamentalmente cuando se ha hecho una resección antral, que condiciona el reflujo duodenogastroesofágico, sea un factor etiológico que favorezca la presencia de un esófago de Barrett (23,24). Como era de esperar, se han hecho estudios para ver si la infección por Helicobacter pylori puede jugar un papel etiológico en el determinismo del esófago de Barrett. Los trabajos publicados indican, que si bien el Helicobacter pylori puede colonizar el epitelio metaplásico, es altamente improbable que sea un factor etiológico (25 a 27). La progresión del esófago de Barrett es presumiblemente lenta y se produce siempre que persista el reflujo. Empieza por defectos erosivos longitudinales, que gradualmente se ensanchan hasta envolver toda la circunferencia. Se ha observado, que la mucosa metaplásica se extiende cefálicamente en el esófago a una media de 0,5-1,7 cms. por año (28). Estas consideraciones etiopatogénicas, nos interesan por cuanto si suprimimos el mecanismo etiopatogénico que produce la metaplasia columnar, es decir, el reflujo gastroesofágico, podremos, al menos teóricamente, hacer que disminuya su extensión o que cambie la clase de epitelio (intestinal especializado, displasia), con lo que conseguiremos disminuir el riesgo de transformación maligna, que como veremos, es distinto según el tipo de epitelio de que se trate y el principal problema que pueden presentar estos pacientes. El primer punto controvertido es establecer los criterios que definen el esófago de Barrett o, dicho de otro modo, cuando podemos decir que existe. El esófago de Barrett se ha definido clásicamente, como una condición en la cual una variable longitud de epitelio escamoso del esófago distal, es reemplazado por epitelio columnar (29 a 33). Existen varios factores que complican esta sencilla definición. La primera dificultad está en el conocimiento de donde termina el esófago y empieza el estómago. Desde el punto de vista anatómico, la unión gastroesofágica esta determinada por la reflexión peritoneal, el hiato diafragmático y el haz muscular de la pared del esófago (34), pero estas características no son aplicables a la práctica clínica. La situación del esfinter esofágico inferior definido por estudios manométricos, coincide con la unión gastroesofágica (29, 30, 32, 33, 35), sin embargo, en pocos casos disponemos de esta medida en el momento de hacer el diagnóstico. Aunque la existencia de una hernia hiatal, un esfinter esofágico inferior abierto o una esofagitis concomitante, puedan dificultarlo, creemos que el mejor método para identificar en la práctica el esófago de Barrett clásico, es el diagnóstico endoscópico (29, 32, 33). El borde proximal de los pliegues gástricos es fácilmente reconocible por el endoscopista, aún con la existencia de una hernia hiatal, y es la marca endoscópica más segura, para identificar la unión mucosa escamoso-columnar, que normalmente está situada dentro de los 2 cms. por encima de aquel límite (36). Así, de acuerdo con la definición de esófago de Barrett, el diagnóstico debe hacerse, cuando el epitelio columnar es obtenido con una biopsia tomada 2-3 cms. por encima del borde proximal de los pliegues gástricos. Sin embargo, si estos 2-3 cms. estan tapizados por el llamado epitelio intestinal especializado, también debemos considerarlo como esófago de Barrett (28, 37 a 40). Este punto es importante conocerlo, porque prácticamente es este, el único tipo de epitelio sobre el que puede desarrollarse el cáncer. Precisamente por este motivo, ultimamente tiende a definirse el esófago de Barrett, como la presencia de mucosa columnar con metaplasia intestinal en el esófago inferior, incluida la mucosa que tapiza el esfinter esofágico inferior. La importancia de este cambio en la definición, es que la metaplasia de Barrett, se ha convertido así, en un criterio histológico más que endoscópico, ya que sólo seria posible identificar la metaplasia intestinal, mediante el estudio histológico. Basados en esta nueva definición, se pueden distinguir dos tipos de esófago de Barrett, el clásico de 3 o más cms. y el llamado corto e, incluso, ultracorto, que tendría menos de 3 cms. Podemos resumir diciendo, que el esófago de Barrett clásico, debe ser definido como una zona de epitelio columnar de al menos 3 cms. de longitud, extendida oralmente a partir de la unión gastroesofágica. La presencia de epitelio columnar especializado en el esófago, incluso dentro de estos 3 cms. distales, es también indicativo de esófago de Barrett. Este esófago de Barrett corto, aunque no predisponga tanto al cáncer como el clásico (41 a 43), es unas diez veces más frecuente, por lo que puede explicar el aumento en la incidencia del adenocarcinoma de esófago detectado en los últimos años. Faltan estudios para ver si estaría justificado tomar biopsias sistemáticas a todos los pacientes sometidos a endoscopia por cualquier motivo, para determinar si existe o no metaplasia intestinal. No existe una clínica propia del esófago de Barrett. Los síntomas que presentan estos pacientes son los propios del reflujo gastroesofágico o los de sus complicaciones. Además, un buen porcentaje de ellos, que se estima aproximadamente en un tercio, no han presentado síntomas en el momento del diagnóstico (32). Aunque radiográficamente se han descrito signos sugestivos de esófago de Barrett o se puede poner de manifiesto la existencia de una hernia hiatal, que coexiste con él en muchas ocasiones, la realidad es que su diagnóstico depende, esencialmente, de la endoscopia y biopsia.
De entre este mosaico de células, glándulas y tipos arquitecturales que, como hemos dicho, forman el esófago de Barrett, con el que para mayor complicación pueden coexistir además, cambios inflamatorios y atróficos (51, 52), pueden distinguirse tres tipos de epitelio columnar, diferenciables morfológicamente y de distinto significado respecto a su evolución hacia la malignidad (11, 53 a 56). Para un mejor diagnóstico, se han empleado colorantes para su diferenciación (57):
Este último tipo histológico, que parece ser el único que puede malignizarse, está asociado a una alta tasa de movimientos celulares, como se ha demostrado con tinciones con timidina (49) y a una alta proporción de células proliferativas (58). La inmunolocalización del antígeno de proliferación nuclear celular, una proteina auxiliar del DNA polimerasa, revela la existencia de una alta proporción de células en ciclo y una expansión del compartimento de proliferación (59). La proliferación acelerada aumenta la posibilidad de exposición a factores mutágenos, los cuales pueden causar la inestabilidad genómica que precede al desarrollo de malignidad (60). Por otra parte, la distribución y proporciones relativas de los diferentes tipos de mucinas segregadas, varian considerablemente de unas biopsias a otras, aún dentro del mismo paciente. Así, según los casos, se ha observado por parte de las células caliciformes, la secreción de mucinas neutras, sialomucinas o sulfomucinas (3, 50, 61), estas últimas en probable relación con el adenocarcinoma. En varios estudios ha sido reconocida la distribución zonal de los distintos tipos tisulares, con epitelio fúndico y de tipo cardial localizados en la parte más distal y epitelio intestinal especializado en la parte más proximal del segmento metaplásico (44, 48, 62), lo cual tiene importancia para saber que sitio es el más adecuado para la toma de biopsias, si bien pueden haber excepciones a esta localización (63). Por último, al estudiar este epitelio columnar metaplásico, al lado de cualquiera de los tres tipos descritos, se encuentran con frecuencia glándulas esofágicas submucosas residuales, que confirman que esta parte del tubo digestivo tapizada por epitelio columnar es, realmente, el esófago. Regresión del esófago de Barrett. Si la trascendencia del esófago de Barrett está en su elevado riesgo de tranformación maligna, que se estima entre 30 y 125 veces más que la población general (37), los tratamientos que induzcan su regresión y la sustitución de la mucosa metaplásica por epitelio escamoso normal, pueden suprimir el riesgo de cáncer. Como el epitelio de Barrett es una complicación del reflujo gastroesofágico crónico, un tratamiento antirreflujo eficaz, puede, al menos teóricamente, inducir la regresión de la metaplasia. Tales tratamientos incluyen la cirugía y las drogas frenadoras de la acidez gástrica (64). Trataremos este aspecto más ampliamente en la parte dedicada al tratamiento. En 1980, Brand y col. (65), publican la regresión parcial de la mucosa metaplásica de Barrett en 4 de 10 pacientes, después de cirugía antirreflujo. Desde entonces, otros investigadores han publicado hallazgos parecidos con diferentes técnicas antirreflujo, como se observa en la tabla II (66 a 73). Estos estudios, que comprenden un total de 158 pacientes, demuestran regresión parcial en 13 y completa en 4. Sin embargo, otros trabajos realizados con idénticas técnicas, no han demostrado regresión de la metaplasia después de una cirugía antirreflujo con éxito (74 a 76).
Varios factores pueden influir en esta discordancia de resultados. En primer lugar, juzgar que existe una regresión de la unión escamoso-columnar, por la medición de la distancia desde los incisivos, es poco objetivo y engañoso, ya que pueden existir grandes variaciones inter e intraobservador. Por otra parte, las operaciones de reposición de la unión gastroesofágica, desplazan la linea Z hacia abajo y esto no representa una regresión (73). Por último, muchos estudios tienen la limitación del número y profundidad de las biopsias preoperatorias, ya que el epitelio escamoso puede cubrir superficialmente al columnar, lo que constituye otro factor de confusión (77, 78). Todas estas razones, nos llevan a concluir, que la regresión completa del esófago de Barrett después de cirugía antirreflujo es, cuando menos, muy dudosa (79) y, sobre todo, que la posibilidad de evolución hacia el adenocarcinoma persiste después de la cirugía antirreflujo, por lo que debe continuarse la vigilancia (80). Patel y col. (81) en 1982, publican la regresión de un caso de esófago de Barrett después de un tratamiento con antiH2. Deviere y col. (82) observan regresión parcial del epitelio de Barrett, después de 3 a 18 meses de tratamiento con 60 mgrs. al día de omeprazol. Con este inhibidor de la bomba de protones, se han publicado otros resultados de regresión parcial e, incluso, total (83 a 87). La probabilidad de regresión del esófago de Barrett con el uso de los potentes inhibidores de la bomba de protones a grandes dosis, es incierta, por lo que recurrir a este tratamiento, sobre todo a largo plazo, debe ser cuidadosamene analizado, debido a la importancia de los potenciales efectos adversos de una prolongada hipergastrinemia (88). Este controvertido aspecto sobre la regresión total o parcial del esófago de Barrett por una u otra terapéutica, como se desprende de la tabla III, tomada del trabajo de Ollyo y col. (89), podemos resumirlo diciendo que, aunque posible, la incidencia de esta regresión es desconocida, como también lo es, su impacto sobre el riesgo de degeneración maligna, por ello, no seria razonable someter al paciente a cirugía antirreflujo por este motivo, ya que no parece que pueda prevenir este riesgo (90, 91), como tampoco parece justificado, como ya hemos insinuado, someterlo a una terapéutica de intensa supresión del ácido durante largo tiempo (92, 93).
Por último, en este intento de hacer regresar la mucosa columnar metaplásica, se han buscado otros procedimientos, como la ablación con laser o gas argon acompañada de intensa supresión del ácido (94 a 98), terapéutica fotodinámica, etc., sin que hasta el momento de hayan conseguido resultados convincentes. Se necesitaran estudios a largo plazo con los diferentes procedimientos terapéuticos comentados, para evaluar si es posible la regresión de la mucosa metaplásica. Como uno de los problemas para esta valoración, es justamente la gran dificultad intra e interobservador para situar el límite entre ambas mucosas, creemos muy importante la realización de un tatuaje con tinta china en ese límite, con lo cual se elimina este motivo de error y se valora con más seguridad, en los controles posteriores, si ha habido o no regresión. Indicadores de riesgo de cáncer. El problema más importante que plantea el esófago de Barrett es, sin ninguna duda, el de su posible malignización. Actualmente, como resultado de numerosas investigaciones (2, 11, 32, 99 a 102), se reconoce su asociación con el adenocarcinoma y es considerado como una condición precancerosa, incluso para los más detractores. La incidencia anual de adenocarcinoma en pacientes con esófago de Barrett varía desde 1/46 a 1/441 pacientes por año de observación (tabla IV) (11, 35, 103). Esta variable incidencia puede estar condicionada por el modo de hacer la recogida de datos, ya que las peores cifras las dan aquellas encuestas hechas por correo y, por otra parte, hay bastantes publicaciones con 1 ó 2 casos, por lo que el incremento de un sólo caso, podría hacer variar mucho las cifras. Así, analizando sólo aquellos trabajos hechos con investigación endoscópica, la relación es de 1/77, e incluso, puede cuestionarse, que estas cifras podrian ser mucho mejores, con una vigilancia endoscópico-biópsica más estrecha. En cualquier caso, hasta los más escépticos estan de acuerdo en que, el riesgo de adenocarcinoma es, al menos, entre 30 a 40 veces más frecuente en el esófago de Barrett que en la población normal (2, 11, 99 a 102).
A continuación haremos un análisis crítico de los que se discuten como factores de riesgo:
Estas alteraciones son el resultado de una profunda anomalia de la cinética celular, como es la reducción de la vida media a 1 ó 2 dias, aumento del índice mitótico (2 a 6 %), aumento de la zona indiferenciada de la mucosa gástrica metaplásica situada en la zona del cuello glandular, etc. Si bien, en teoría, la displasia puede presentarse en cualquiera de los tipos epiteliales que histológicamente pueden constituir la mucosa gástrica metaplásica, se manifiesta muy especialmente y para la mayoría, casi exclusivamente, en el epitelio columnar especializado o de tipo intestinal (11), lo cual, como veremos más adelante, tiene importancia para el especial seguimiento de estos pacientes. El grado histológico de displasia es, normalmente, el parámetro más importante, usado en el seguimiento de los pacientes con esófago de Barrett. Aunque han habido distintas clasificaciones para agrupar las diferentes situaciones, creemos que desde el punto de vista práctico, podemos dividirla en (110, 111):
Las otras clasificaciones existentes, mucho más complicadas, además de ser poco prácticas, presentan una imporante variación tanto intra como interobservador. Por otra parte, la mayor o menor experiencia del patólogo, también puede tener cierta influencia en el diagnóstico (111, 112). Los puntos más conflictivos estan en distinguir entre displasia leve, indefinida o que no existe y entre displasia severa y carcinoma "in situ". En el primer caso, existe además la posibilidad de confundir cambios regenerativos con cambios displásicos, sobre todo, cuando nos encontramos dentro de un contexto inflamatorio, como ocurre, por ejemplo, con la imagen histológica que pueden dar las biopsias de los bordes de una úlcera. Aunque en estos casos, la concordancia interobservador, sólo alcanza el 70 % en este estadio de la lesión (112, 113), el error diagnóstico tiene menos trascendencia. La displasia severa plantea un problema más grave, sobre todo, por la posibilidad de su confusión con un carcinoma "in situ". Por suerte, la concordancia intra e interobservador oscila en estos casos, entre el 85 % y el 97 % (112 a 114). Como la displasia severa está frecuentemente asociada con adenocarcinoma, su detección en un especimen de biopsia, obliga a repetir la endoscopia con toma de múltiples muestras e incluso citología, al objeto de descartar un carcinoma coexistente (115 a 118). Se defiende incluso, la necesidad de su estudio por dos patólogos distintos, fundamentalmente, cuando se baraja la posibilidad de tomar una actitud quirúrgica (114). En diferentes trabajos se ha demostrado la existencia de displasia en el 80-90 % de los adenocarcinomas diagnosticados (11, 113, 119). En esofaguectomias por displasia severa, no es infrecuente descubrir, en la pieza de resección, un adenocarcinoma no diagnosticado previamente (56, 120 a 123). Estas publicaciones resaltan la necesidad del estudio y seguimiento adecuado de las displasias. En varios estudios endoscópicos de seguimiento, la detección del carcinoma fué precedida por el descubrimiento de una progresión en el grado de la displasia (11, 110, 124). Otro problema importante que plantea la displasia, que puede condicionar nuestra actitud terapéutica y, en definitiva, el porvenir del paciente, es saber si una vez establecida, puede o no regresar con un tratamiento médico o quirúrgico adecuados, es decir, se trata del mismo problema que planteabamos para el esófago de Barrett. En este sentido, también existen varias dificultades para evaluar su regresión:
Hameeteman y col. (11) tienen publicado un estudio que abarca 50 pacientes con esófago de Barrett tratados activamente con antiH2, omeprazol y 6 de ellos con citugía antirreflujo, cuando por endoscopia se diagnosticó el reflujo. A pesar del tratamiento, 5 pacientes progresaron desde negativo para displasia o displasia leve en la primera exploración, hasta carcinoma. En 13 casos continuó la displasia o se desarrolló cuando no existía. Por último, en 2 pacientes, persistió la displasia severa sin progresión ni regresión. Reid y col. (125), publican un estudio prospectivo de vigilancia endoscópica de 62 pacientes con esófago de Barrett. Aunque no especifican el tipo de tratamiento que recibieron, señalan que 4 de 9 pacientes con displasia severa permanecieron estables después de un seguimiento entre 11 y 20 meses y 4 de los 20 que fueron diagnosticados de displasia indefinida o leve en la primera exploración, no se les descubrió displasia en el seguimiento. Por último, hay que subrayar que la progresión del esófago de Barrett a carcinoma no es obligatoria y que, incluso, cuando se desarrolla una displasia, puede permanecer estable y, para algunos, hasta regresar. Aunque han habido publicaciones esporádicas que señalan la posible regresión de la displasia, la realidad es que faltan datos que indiquen que una terapéutica idónea, pueda conducir a la regresión o a la estabilización de la displasia en el esófago de Barrett. Debido a la relativa poca frecuencia de la displasia, se necesitaran estudios multicéntricos, que nos puedan definir la historia natural de la misma y su respuesta al tratamiento (126, 127), ya que su desarrollo es el resultado de una inestabilidad genómica y de cambios genéticos progresivos con pérdida del control proliferativo, lo que hace dificil pensar en una regresión de este proceso. Ante toda esta problemática de la displasia aún no aclarada en determinados puntos, el desarrollo de otros marcadores menos subjetivos que puedan indicar la posibilidad de progresión hacia la neoplasia, pueden suplir o complementar a la displasia, permitiendonos deslindar grupos de distinto riesgo para un seguimiento diferenciado. A continuación se estudian algunos de ellos.
Como el esófago de Barrett es una consecuencia final del reflujo y su principal riesgo es el de su posible malignización, el primer objetivo del tratamiento será su profilaxis, es decir, evitar que se produzca tratando adecuadamente la enfermedad por reflujo gastroesofágico y, el segundo, una vez establecido, intentar su regresión para que no evolucione hacia la malignidad. La profilaxis del esófago de Barrett, que supondría un diagnóstico precoz y un tratamiento eficaz de la enfermedad por reflujo gastroesofágico, al menos en teoría, podría reducir su incidencia de manera importante y, por lo tanto, su progresión a adenocarcinoma. Es curioso, que este aspecto de la prevención del esófago de Barrett, ha recibido poca atención por parte de los estudiosos del problema. En cualquier caso, sólo nos referiremos a el muy superficialmente, ya que es materia de otro de los temas de esta Actualización en Gastroenterología. La esofagitis por reflujo, que supone la existencia de lesiones más o menos importantes en el tercio inferior del esófago, es el primer escalón en la progresión de la enfermedad hacia el esófago de Barrett. Esta progresión sólo puede evitarse, haciendo que el material refluido pierda su agresividad o que no se produzca el reflujo. Lo primero se consigue con tratamiento médico, lo segundo, con medidas quirúrgicas. El tratamiento médico incluye una serie de medidas higienico-dietéticas comunes a todos los pacientes y el empleo de una medicación, que sola o combinada, se ha mostrado muy eficaz. La utilización de uno u otro medicamento o la combinación de varios de ellos (proquinéticos, antiácidos, protectores, antiH2 o inhibidores de la bomba de protones), así como su dosificación, dependerá del grado de esofagitis y de las circunstancias de cada caso individual. Lo que debe tener claro tanto el médico como el paciente, es que abandonado el tratamiento, la tendencia natural de la enfermedad es a la recidiva, por lo que debe tenerse en cuenta, que el tratamiento conservador debe llevarse de por vida. En teoría, la cirugía antirreflujo, si consigue evitarlo, sería el mejor método de tratamiento de la esofagitis y de profilaxis del esófago de Barrett (179). Sin embargo, en la práctica, la cirugía sólo se reserva para los pocos casos en los que fracasa el tratamiento médico o en circunstancias individuales especiales. Quizás la cirugía laparoscópica, por su mejor relación costo-beneficio, puede ser una buena alternativa de tratamiento a la cirugía tradicional. Faltan resultados a largo plazo para poder definirse. Tratamiento del esófago de Barrett. La finalidad del tratamiento del esófago de Barrett, no es la de eliminar las molestias, puesto que, salvo si se ha desarrollado sobre el mismo alguna complicación (úlcera, estenosis, malignización, etc.), no produce síntomas por si solo. Los que presentan estos pacientes, son los propios de la enfermedad por reflujo que los ha generado. El tratamiento del esófago de Barrett persigue, fundamentalmente, evitar su progresión hacia el adenocarcinoma, para lo cual, lo deseable sería conseguir su regresión total con uno u otro método. En tanto esto no se logre, tendrá que someterse a estos pacientes a un control y seguimiento adecuados, intentando el reconocimiento y detección precoz de los cambios que preceden a la degeneración maligna, al objeto de realizar un tratamiento eficaz. Si la trascendencia del esófago de Barrett está en su elevado riesgo de transformación maligna, los tratamientos que induzcan su regresión y la sustitución de la mucosa metaplásica por epitelio escamoso normal, pueden suprimir el riesgo de cáncer. Como el epitelio de Barrett es una complicación del reflujo gastroesofágico, un tratamiento antirreflujo eficaz, puede teóricamente, inducir la regresión de la metaplasia o, cuando menos, evitar su progresión hacia la malignización. Tales tratamientos incluyen la cirugía, las drogas frenadoras de la acidez gástrica, la ablación de la mucosa por distintas técnicas o la combinación de varios procedimientos (65, 72, 84 a 86, 92 a 98, 180 a 186). Se han ensayado diferentes técnicas quirúrgicas con la intención de eliminar el reflujo y conseguir la regresión del esófago de Barrett o al menos, prevenir su progresión y su posible malignización.
Si como hemos dicho, la metaplasia de Barrett es consecuencia, fundamentalmente, del reflujo del contenido ácido al esófago, teóricamente, suprimiendo la acidez gástrica podremos hacer regresar esta metaplasia o, al menos, frenar su progresión y, consecuentemente, evitar la complicación más grave como es la malignización. Esto se ha intentado conseguir con diversos fármacos frenadores de la acidez, como son el grupo de los antiH2 y, más recientemente, con los potentes inhibidores de la bomba de protones. En algunos trabajos, con objeto de potenciar su acción, se han asociado proquinéticos y/o alcalino-protectores, a cualquiera de estos dos grupos de fármacos. El primero de los antiH2 empleados, como es lógico, fue la cimetidina. Wesdorp y colaboradores (191), tratan un grupo de 9 pacientes, dos de ellos con úlcera de Barrett, con 1600 mgrs/dia de cimetidina y un antiácido, con buenos resultados respecto a la desaparición de los síntomas. Humphries (192) publica su experiencia en 6 pacientes de esófago de Barrett con síntomas severos, dos de ellos con estenosis, tratados con 1200 mgrs/dia de cimetidina y un proquinético. Ninguno de estos dos trabajos y otros consultados, señalan la regresión de la metaplasia gástrica con el tratamiento. Sin embargo, Patel y colaboradores (193), publican la regresión del epitelio de Barrett en 3 pacientes e, incluso, de los cambios displásicos en uno de ellos, tratados de manera continua durante año y medio con una terapéutica "agresiva" (cimetidina 1200-1600 mgrs/dia, betanecol 100 mgrs/dia, alginato y antiácidos). Por último, con ranitidina sola o asociada a proquinéticos, antiácidos y/o protectores (194) los resultados son similares a los alcanzados con la cimetidina, excelentes respecto a la desaparición de los síntomas propios del reflujo que presentan los pacientes con esófago de Barrett, incluso cuando son severos (195, 196), pero muy dudosos respecto a conseguir la regresión del tejido metaplásico y, sobre todo, en frenar la posibilidad de malignización. La aparición de los potentes inhibidores de la bomba de protones, pareció abrir una nueva era en el tratamiento de estos pacientes. Deviere y col. (82) observan regresión parcial del epitelio de Barrett, después de 3 a 18 meses de tratamiento con 60 mgrs. al día de omeprazol. Con este inhibidor de la bomba de protones, se han publicado otros resultados de regresión parcial e, incluso, total (83, 84, 86, 197). Se han ensayado con resultados parecidos otros inhibidores de la bomba de protones (85, 198). Este grupo de fármacos, como ya sucedía con los antiH2, controlan los síntomas de los pacientes incluso mejor que estos y aunque en muchos casos se han observado regresiones parciales o la aparición de islotes de epitelio escamoso, lo que supone una aparente disminución del área ocupada por la metaplasia gástrica, la realidad es que la regresión del esófago de Barrett con estos fármacos, además de controvertida, es decepcionante. En resumen podemos afirmar, que estos tratamientos controlan los síntomas del esófago de Barrett, que son los del reflujo gastroesofágico, pero ninguno de ellos causa la regresión completa, al menos en un porcentaje substancial de casos tratados, y, lo que es más importante, tampoco disminuyen el riesgo de transformación maligna. Por último, además de ser incierta la probabilidad de regresión del esófago de Barrett con el uso de los potentes inhibidores de la bomba de protones a altas dosis y largo plazo, esta terapéutica debe ser cuidadosamente analizada, debido a la importancia de los potenciales efectos adversos de una prolongada hipergastrinemia (88). La terapéutica farmacológica y la cirugía, sólo consiguen la regresión del esófago de Barrett en un porcentaje mínimo de pacientes, que oscila alrededor del 3% (68, 73, 84, 179, 188, 197, 198, 199). Por otra parte, el tratamiento conservador, administrado durante largo tiempo y a las necesarias altas dosis, puede tener efectos secundarios importantes, como ya hemos comentado más arriba, y la cirugía se acompaña de una significativa morbi-mortalidad y más aún en estos pacientes que suelen ser de edad avanzada y en los que, con frecuencia, coexisten otras alteraciones patológicas que contraindican la intervención. Por todo esto, no es raro que se hayan buscado técnicas alternativas, ante el fracaso de conseguir la regresión del esófago de Barrett intentando únicamente el descenso de la exposición al ácido, bien por terapéutica farmacológica o por cirugía. Así, la hipótesis de trabajo fué que el esófago de Barrett puede regresar totalmente, si la mucosa metaplásica es destruida por cualquier técnica a través del endoscopio y se impide la exposición al ácido de esta zona del esófago, bien farmacológicamente o por cirugía antirreflujo. La mucosa destruida, eliminado su contacto con el ácido, puede regenerarse con epitelio escamoso normal. Además, estas técnicas de ablación, también se han ensayado como alternativas en el tratamiento de la displasia severa y del adenocarcinoma precoz, debido a la controversia en el manejo de la primera y a la significativa morbi-mortalidad de la esofaguéctomia en la segunda, sobre todo, en los pacientes de edad que, como ya se ha dicho, constituyen una buena parte de los que tienen un esófago de Barrett. Así pues, estos nuevos tratamientos consisten en combinar técnicas de destrucción de la mucosa, con una supresión ácida profunda obtenida farmacológicamente o por cirugía antirreflujo.
La mayoría de los estudiosos del problema defienden que el esófago de Barrett es una situación de mayor riesgo de cáncer por lo que se plantea la necesidad del seguimiento de estos pacientes. Sin embargo, aunque nadie discute que la existencia de un esófago de Barrett, supone un riesgo aumentado de adenocarcinoma, desde 1984, vienen publicándose trabajos prospectivos de incidencia (2, 11, 100, 103, 124, 212 a 219), que cuestionan la magnitud de este riesgo y, por lo tanto, el valor de la vigilancia endoscópico-biópsica, hasta tal punto, que algunos concluyen que no está indicada en estos pacientes. Van der Ven y col. (103), compara la supervivencia de la población con esófago de Barrett, con otra de control de la misma edad y sexo, sin encontrar diferencias significativas. De acuerdo con lo que acabamos de mencionar, se podría concluir, que el seguimiento de estos pacientes, genera un enorme trabajo, excesivo gasto y molestias innecesarias para los pacientes, lo que hace que la relación costo-beneficio sea inadecuada y, por lo tanto, la conclusión sería que no deben seguirse estos pacientes. Sin embargo, si analizamos bien las cifras que cita Atkinson en su trabajo, uno de los que más apoyan esta postura, vemos que cuatro de las publicaciones que cita, tiene solamente 1 ó 2 casos de cáncer, por lo que el incremento de un sólo caso, puede variar mucho las cifras (tabla IV). Por otra parte, como ya hemos dicho anteriormente, despreciando las trabajos hechos con una encuesta por correo y analizando únicamente aquellos realizados con investigación endoscópica y, por tanto, más fiables, vemos que la relación es 1/77, e incluso, puede cuestionarse que quizás estas cifras serian mucho mejores con una vigilancia endoscópica más estrecha. Esta controversia ha hecho surgir el interés por el tema por parte de algunos grupos de trabajo y ha dado lugar a una serie de investigaciones, que, al menos en parte, han aclarado el problema. Es claro, que la vigilancia endoscópico-biópsica tiene la ventaja potencial, de que los adenocarcinomas pueden ser detectados en un estadio presintomático, donde la cirugía puede ser curativa, pero, por otra parte, esta práctica a todos los pacientes con esófago de Barrett, supone, como ya se ha dicho, un enorme trabajo, un coste extraordinario y molestias innecesarias, por lo que si podemos establecer grupos de riesgo para un seguimiento diferenciado, así como las condiciones individuales que hacen innecesario este seguimiento, disminuiremos trabajo y costo, y la realción costo-beneficio será adecuada. Así, si excluimos del seguimiento a los pacientes que ya tiene cáncer en la primera exploración, a los mayores de 70 años que no presenten displasia y a los pacientes en los que esté contrindicada la intervención, sólo quedan aproximadamente la mitad para el seguimiento, lo que para un Hospital de 800/1000 camas, supone 4,5 pacientes nuevos cada año. Por último, la otra mitad de pacientes que deben de someterse a control, pueden seguirse de un modo diferente, según pertenezcan a grupos de alto, medio o bajo riesgo. Es claro, que el pronóstico de los pacientes que se presentan con síntomas de adenocarcinoma de Barrett es sombrío (68). No lo cambiaremos, si no modificamos nuestra estrategia en la vigilancia de los pacientes con esófago de Barrett, intentando el reconocimiento y detección precoz de los cambios neoplásicos, para poder ofrecer a los pacientes un tratamiento quirúrgico eficaz. No ofrece ninguna duda, que para el diagnóstico del esófago de Barrett, el mejor y prácticamente el único método adecuado, es la biopsia endoscópica (33, 40, 44 a 48), ya que los distintos tipos de mucosa y las posibles "alteraciones" que las acompañan, sólo pueden detectarse por el estudio histológico de las muestras. Estas biopsias deben tomarse, fundamentalmente, del límite de la unión escamoso-columnar y hasta 1 ó 2 cms. por debajo del mismo, ya que esta es la zona de mayor riesgo de desarrollar un adenocarcinoma (45, 48, 62, 220), y es en esta parte más proximal del segmento metaplásico, donde se sitúa, principalmente, el epitelio columnar especializado. Por supuesto que deben tomarse biopsias de todo el segmento metaplásico y, especialmente, de aquellas zonas en las que se observe alguna alteración macroscópica. Como ya hemos dicho anteriormente, comparados con la población general, los pacientes con esófago de Barrett, tienen un riesgo aumentado de desarrollar un cáncer de esófago, que se estima hasta para los más detractores entre 30 y 50 veces mayor (2, 11, 39, 44, 45, 100, 101, 103, 124, 212, 213, 214, 221), e incluso, para algunos, algo más elevado (222). Este incremento de riesgo, se da principalmente en aquellos pacientes en los que el epitelio metaplásico es del tipo columnar especializado (45, 48, 49, 58, 62), siendo para algunos, el único epitelio sobre el cual se desarrolla el cáncer (11). Los 9 casos de displasia sobre epitelio de Barrett (223) y los 18 adenocarcinomas vistos por nosotros, coexistian con epitelio especializado. Así, nuestras observaciones también señalan que los pacientes cuyo epitelio metaplásico es del tipo intestinal especializado, tiene mayor riesgo de cáncer que los de los tipos cardial o de fundus gástrico, por lo que, al menos deben considerarse como de riesgo medio para el cáncer. La relación de los factores ambientales, como el alcohol y el tabaco, con el mayor riesgo de malignización en el esófago de Barrett es, como hemos visto, un punto controvertido en la literatura (68, 124, 173, 174, 223 a 226). En nuestro trabajo (223), tampoco hemos encontrado relación entre el tabaco y el alcohol con la longitud de la metaplasia ni con la existencia de displasia o cáncer. Por lo tanto, parece ser que, el hecho de abusar de cualquiera de estos dos tóxicos, no supone un mayor riesgo de malignización, de lo que se deduce, que no deben ser considerados pacientes de mayor riesgo para su vigilancia por este motivo. Sin embargo, ambos tóxicos, al disminuir el tono del esfinter esofágico inferior, favorecen el reflujo y, por lo tanto sus consecuencias, una de las cuales es el esófago de Barrett, por lo que a nuestro juicio, cuando exista un consumo importante de ambos tóxicos, el paciente debe ser considerado de riesgo medio a efectos del seguimiento. La esofagitis crónica y la mayor longitud del segmento metaplásico esofágico, son dos circunstancias que a nuestro juicio, responden a una misma causa, es decir, a que por su composición química, el material refluido sea más agresivo y/o persista más tiempo en contacto con la mucosa esofágica (104, 124, 173, 178). Estas dos situaciones son independientes de que el paciente presente más o menos síntomas e incluso, de que esté asintomático. Se han descrito casos con amplias zonas de mucosa metaplásica sin el menor síntoma por parte del paciente. En estos casos, por la "irritación" más intensa y/o más contínua que se produce sobre la mucosa esofágica, es lógico el desarrollo de fenómenos reparativos, que lleven a un esófago de Barrett y puedan conducir a una "inestabilidad" genómica, que sea el inicio del camino hacia la malignidad. En nuestra experiencia (223), el 80 % de nuestros pacientes con displasia, presentaban al mismo tiempo lesiones de esofagitis, y entre los que no presentaban displasia, la esofagitis fué del 72%, lo cual no es estadísticamente significativo. La longitud de la zona metaplásica, si que fué estadísticamente mayor en los pacientes con displasia que en los que no la presentaron, ya que fué igual o superior a los 5 cms. en el 80 % de los primeros y sólo en el 46 % de los segundos. La mayor extensión del segmento metaplásico indica, a nuestro juicio, una mayor agresividad del material refluido y/o un mayor tiempo de contacto del mismo con la mucosa esofágica, por lo que los pacientes con una extensión de la metaplasia gástrica de 5 o más cms., deben incluirse en el grupo de riesgo medio. De acuerdo con la mayoría de los autores, la displasia epitelial continua siendo el "patron oro" como marcador de riesgo aumentado de malignidad y cuando es positiva, el paciente debe ser sometido a una vigilancia especial, ya que debe ser considerado como de riesgo alto, pero ante los problemas inter e intraobservador que presenta su interpretación, se han estudiado, como ya hemos visto, otros marcadores, con objeto de que juntos o separados, puedan identificar grupos de mayor riesgo de cáncer. Del análisis de estos estudios, podemos concluir que si alguno de ellos es positivo, aún en ausencia de displasia, está indicando la existencia de una "inestabilidad genómica", por lo que a los pacientes que tengan alguno de ellos positivo, debemos incluirlos en el grupo de pacientes de alto riesgo para desarrollar malignidad. En relación al riesgo de malignización y de acuerdo con lo que hemos analizado, proponemos diferenciar tres grupos de pacientes de esófago de Barrett, para un seguimiento diferenciado, de manera que la relación costo-beneficio sea adecuada: 1. Pacientes de bajo riesgo, que incluiría aquellos cuyo epitelio metaplásico sea de tipo cardial o fúndico y los marcadores tumorales sean negativos. En estos casos es suficiente con un control endoscópico-biópsico cada 5 años, hasta los 70 años en los que se suprime el seguimiento 2. Pacientes de riesgo medio. Comprende a los fumadores y bebedores importantes, a los que tienen una extensión de la metaplasia igual o mayor de 5 cms., y a aquellos cuyo epitelio metaplásico sea de tipo intestinal especializado. En este grupo, el control endoscópico-biópsico debería ser anual, suprimiendolo también a los 70 años. 3. Pacientes de alto riesgo. Son los que tienen displasia en el estudio histológico de las biopsias obtenidas durante la primera exploración o alguno de los marcadores tumorales distintos de la displasia positivo. En este caso debemos diferenciar dos subgrupos:
En nuestra opinión, la mayoría de los marcadores tumorales comentados distintos de la displasia, no deben emplearse de forma rutinaria en la clínica diaria, para el estudio de estos pacientes, pero debe continuar su investigación, por los grupos especialmente dedicados al problema, no sólo para marcar las pautas para llegar a un diagnóstico precoz en periodo útil, sino para intentar conocer mejor la historia natural de este proceso hacia la malignización. Por último, no están bien establecidas las pautas de seguimiento del llamado esófago de Barrett corto, con menor capacidad de malignización que el clásico, pero también mucho más frecuente (227 a 230). Se necesitaran más estudios para poder establecerlas. 1. MOSSBERG S.M. The columnar lined esophagus (Barrett´s Syndrome) an adquired condition?. Gastroenterology. 1966, 50 (671-676) 2. SPECHLER S.J., ROBBINS A.H., RUBINS H.B. et al. Adenocarcinoma and Barrett´s esophagus. An overrated risk?. Gastroenterology. 1984, 87 (927-933). 3. SHEAHAN D.G., WEST A.B. Sulfated mucosubstances in Barrett´s (columnar cells) esophageal mucosa. Gastroenterology. 1981, 80 (1282-1285). 4. TRIER J.S. Morphology of the epithelium of the distal esophagus in patients with midesophageal peptic strictures. Gastroenterology. 1970, 58 (444-461). 5. BREMER C.G., LYNCH V.P., ELLIS F.H. Barrett´s esophagus: congenital or acquired?. An experimental study of esophageal mucosal regenerationin the dog. Surgery. 1970, 68 (209-216). 6. BURGESS J.N., PAYNE W.S., ANDERSEN H.A. et al. Barrett´s esophagus. The columnar-lined lower esophagus. Mayo Clin. Proc. 1971, 46 (728-734). 7. CRABB D.W., BERK M.A., HALL T.R. et al. Familial gastroesophageal reflux and development of Barrett´s esophagus. Ann. Int. Med. 1985, 103 (52-54). 8. DAHMS R.B., ROTHSTEIN F.C. Barrett´s esophagus in children: a consequence of chronic gastroeophageal reflux. Gastroenterology. 1984, 86 (318-323). 9. GOLDMAN M.C., BERKMAN R. C. Barrett Syndrome: cas report with discussion about conceps of pathogenesis. Gastroenterology, 1960, 39 (104-110). 10. HALVORSEN J. F., SEMB B.K.H. Barrett Syndrome (the columnar-lined lower esophagus): an acquired condition secundary to reflux oesophagitis. Acta Chir. Scand. 1975, 141 (683-687). 11. HAMETEMAN W.,TYTGAT G. N. J., HOUTHOFF H. et al. Barrett esophagus;development of dysplasia and carcinoma. Gastroenterology 1989,96,(1249-1256). | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||